Respirar profundo

Ana miró a Manuel y le dijo…
-tus palabras y tu compañía son agua de vida, quedas resonando dentro de mí como un elixir mágico, haciéndome sentir un ser completamente realizado. Eres el hombre, la persona con quien siempre soñé, quiero estar junto a ti, mi principe…. hasta que no quede ninguna estrella capaz de dar luz; y, entonces, nuestro amor encenderá todas las velas del universo dando forma a una ya, desde el primer instante, dulce y colorida creación.
Y se vestiran de fiesta todos los planetas para dar la bienvenida a esta esencia tan valiosa como olvidada. Esta que nosotros, por el amor que nos tenemos, recordamos que pervive y nunca jamás desapareció.
En ese día el cielo, tan limpio como claro, abrazaba un despertar conjunto, centelleaban ráfagas luminosas que se solidificaban en ese abrazo intenso que hasta conseguía reunificar la parte sólida de ambos, el cuerpo de Ana en el de Manuel, y el de Manuel con el de Ana.
Resurgía un imperio fuera de la metamorfosis. Aparecía un reinado soluble para cualquier líquido, gas o sustancia. Surgía debido al devenir pleno de un registro más ancestral que las estaciones de un año, que la lava, el hielo, el agua o el viento. Un registro embrionario donde se hallaba, inmutable, lo más puro y primigenio, aquella esencia capaz de fusionar cualquier alma o cualquier forma o cuerpo. Esta esencia, como llave maestra, como lazo irrompible los unió para siempre sin caber preguntas o respuestas… los unió.
 
Un invierno el suyo, sin partos ni partidas, sin ásperas estrecheces que les imposibilitaran descubrirse ante todo dando las gracias a esta tierra y al cielo.
Un invierno en que las hojas recorridas les descifraban mensajes mientras les procuraban entendimiento, en ese andar por campos, valles, ríos helados y montañas coronadas por acogedores cerros y majestuosos picos. Ellos recorrían juntos los espacios, besaban tanto al oxigenante perfume de las hojas de los árboles, como a esa parte aparentemente etérea de las nubes que, con sus coloridas formas, al saludarles  humidificaban cada uno de sus encuentros.
Ellos se asemejaban a las Hojas que, balanceándose o cayendo, demostraban una fe ciega en la progresión cíclica, continua e infinita. Hojas que no se dejaban ni un escalón por subir ni tampoco ninguno por bajar, ellas abarcaban todos los eslabones evolutivos que cabía cubrir y amamantar. Hojas que impregnaban de abono el aire y la tierra con cada una de sus frágiles huellas, consiguiendo que caminaran y rejuvenecieran hasta las rocas más antiguas como un descapullar florecido.
Ana lanzo un gijarro al lago y, mirando a los ojos de Manuel, le lanzo un guiño de total complicidad. Acercó sus labios y, acariciando la frente de Manuel, prosiguió…
-A veces dudo si cuando amamos de una manera tan incondicional como inmensa nos convertimos en ángeles hasta el punto de asexuarnos. A veces dudo si el principio del amar se establece en un precipicio desde el cual sólo cabe hacer una de estas dos cosas…«lanzarse y aprender a volar»—aunque nos cueste—, o «quedarnos estáticos y  temblando, ante la grandeza tan sublime que nos invade, sin atrevernos a gozar del vuelo» para quedarnos presos en un después de frustración, al cargar con un «yo estuve una vez muy cerca, lo tuve a tocar, y preferí advertirlo lejano, no me atreví a lanzarme y volar».
Manuel frotó sus manos entre la frondosidad de la hierba. Miró los peces del lago.Observo las ondas que se dispersaban en el nadar de unos patos. Descubrió las burbujitas que en el respirar de aquellos peces gorgoteban sobre aquel manto acuático. Alzó su vista y contempló el techo celeste salpicado con muchísimos cuadros. Terminó su recorrido visual, acariciando, con los suyos, los ojos almendrados de Ana, así diciéndole…
-No hay mañana que no me atreva a volar. No hay piedra en el camino que me impida, lo suficiente, saltar y saltar hasta agarrar aquella de entre las estrellas que más necesitarás o mejor le supiera a tu imaginación.
No hay ni océano tan profundo, ni montaña tan distante capaz de alejarme de ti. No hay espacio que se cierna, capaz de retarme y vencerme. Espacio o circunstancia que me hiciera abandonar esa cúspide donde, juntos, nos columpiamos. No hay batalla que no se puediera apaciguar con este pacífico, osado, halagüeño y aventurero, amor tan inmenso e increíble que, pedigüeño, solicita ser eterno, y abarcar la realidad tanto como el ensueño brindando con su franqueza viva.
No cabía más que aquel abrazo que se dieron sintiéndose un único unido, parte que pertenece y está adentrada en todo. Su olor, entonces, era el de la madera. Tocaron la esperanza. Como hebras abrazadas a las flores y a las ramas y raíz, ellos abrazaron el tronco. Su sabor era el de la tierra; mitad dulce, mitad áspero. Sabían bien. Sabían y sentían la gloria.
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