Por falta de huevos

Todavía es tiempo en cuál la mano de obra resulta imprescindible, y los que confabulan, manteniendo unas leyes y unas pautas injustas, así como moviendo a su antojo la economía, dependen de nosotros, los obreros, para multiplicar sus beneficios.
Nos faltan huevos para enfrentarnos al capital y a sus marionetas (en su mayoría, putos y traidores políticos). Nos faltan huevos y suficiente empatía como para montar una huelga, cohesionándonos, hombro con hombro, en pos de provocarle pérdidas económicas enormes a cualquier estado que nos maltrate (junto a con sus amos financieros), condicionándoles hacia un replanteo.
El egoísmo impera dentro de esta sociedad y sistema; los hombres protegemos, indecentemente, intereses individuales e insignificantes. Los hombres demostramos que nos importa un pimiento lo que le pase al vecino. Demostramos la inconsciencia, al no tener presente el que ese mismo monstruo que ahora tortura y daña a otros, tarde o temprano terminará por comernos… ¡Parecemos adictos a la ruleta rusa!.

Tronos perversos

La mayor perversión es a resultas, de infringir miseria y dolor a las gentes a sabiendas de que no hay necesidad (¿y dónde las leyes).
La ambición y el poder pervierte; y, nosotros, somos parte contribuyente, al ser solamente un posado amansado durante cada secuencia y fotografía.
Conformismo, comodidad y cobardía mandan en la función; rigen como pauta social dentro del desarrollo de este mecanismo infernal que impera.

Tomo como acto útil y filosofía válida el darle la vuelta a este estadio mental que somete valores; así huyendo de tan nulo sentir y comportamiento, ausente de humanidad, que le veta la salud y el disfrute a tantos que también se lo merecen.

Pulso al control

Cuando la religión sirve de artimaña y, siendo excusa perfecta, deforma el contenido vital que se le supone. Cuando, contradiciendo su propia esencia, esconde la pretensión de mando de algunos hombres y se asocia con la mayor de las desconexiones y los desastres, yendo a encontrarse con la engañosa cara de la victoria que guarda el poder.

—Las ratas roen con tanta ambición que definen con suma nitidez, egoísmo, descontrol y desmesura. Las ratas no aciertan con las matemáticas, no saben contar ni miden la fuerza del corazón ni el impulso impresionante que cabe en su mecánica.
Las ratas, rabiosas, roen y roen; devoran, malgastan, destruyen y aniquilan con irresponsabilidad suicida; devastan mientras sujetan concepciones nefastas; presentes y futuros, sus propias y otras tantas vidas. Asedían territorios ajenos que desean, arremeten hasta convertirlos en grandes y productivos mataderos que les sacien. (Quede humor para afrontar, caminatas, pesadumbre y naufragios, nunca falte esperanza y buena voluntad)—.

Debería considerarse sacrilegio el causar dolor y coser muerte sobre el color y sobre aquel blanco que, amparando salud y sonrisas, concierta el mejor espectáculo. ¡Bordar sonrisas tiene que ser apunte sagrado!. Y todos aquellos que extienden sus manos debieran pertenecer, por siempre, al templo del aire donde no falta el agua y la lumbre que alimenta y desata todo lo que vivió encadenado.

Este hoy de algunos, hoy de soledad y destierro, seguro que será mañana aciaga para otros, llegará a serlo mientras vague exiliada y desgüazada la misericordia; y, alrededor ¡por todas partes!, prosiga rondándonos el mal aliento que cosecha y reafirma terribles castraciones: la del disfrute terrenal y el paladeo de la gloria que, aquí ¡ya mismo!, dentro de esta mismo existir se nos presenta.

3 en raya (entre la premeditación, la inconsciencia y el consentimiento)

Existe, para algunos, una preocupación enfermiza por amasar beneficios. Otros pretenden alcanzar estabilidad dentro de una pauta: la del conformismo. Y a la inmensa mayoría de seres les queda como prioridad exclusiva ¡la de subsistir!.

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Una sociedad o un sistema mundial que aboga y reafirma las fronteras (salvando las excepciones puntuales en que, mandando los intereses económicos, las divisiones y diferencias quedan desmanteladas), se demuestra claramente anticuado, evidencia su estar y ser de primitivo y de poco visionario.
Resulta evidente que este planeta fue construido y avanza debiéndole a todos los vínculos, a fuerza de interrelaciones y a base de fusiones e intercambios que inagurando inventos extienden el hoy para que sea mañana. Gozamos o padecemos, como los mismísimos océanos en cualquiera de sus partes y en alguna hora, el movimiento impactante de las placas tectónicas, aleteamos o nos confundimos dentro de las diferentes alternancias atmosféricas, vagamos o quedamos anclados ante las pausas o el empuje progresivo de cada una de las corrientes existentes.
Hace ya unas cuantas décadas que las distancias han pasado a ser relativas debido a las muchas innovaciones tecnológicas, nos desplazamos invirtiendo poquísimo tiempo de un punto terrestre hasta sus antípodas. Recibimos continuamente información de aquellos hechos que suceden en otras partes del mundo y nos alimentamos y satisfacemos con los productos elaborados o cultivados a muchos kilómetros de donde vivimos.
Progresamos, revolución tras revolución; pero seguimos predispuestos y consintiendo. Buscamos razones que nos eximan del peso de una conciencia que lastra o nos permite ser livianos porque siempre se confiesa sincera y nunca acepta una posición traicionera. Tendemos a regirarlo todo con tal de encontrar razones para alegar y que nos autoricen para conseguir triunfos y beneficios personales al precio que sea. Tanto sucede esto, que llega a extrapolarse a todos los niveles convirtiéndose en un mal mayúsculo. Hoy, encontramos común, le restamos importancia al hecho de que cualquier territorio pueda estar invadido y gestionado por estados ajenos a él, estados cuales extraen lo que les conviniera aun sumiendo a las gentes de estas tierras a la destrucción propia de una guerra, a una dolorosa miseria, inmerecida e inhumana.
Este sistema que admitimos y consentimos, ha configurado la fórmula de delimitar específicamente cada porción del planeta para facilitarse el control. Opta por establecer un orden (justificándolo), un orden y unas leyes que permitan un encasillamiento que denote donde se halla la debilidad que debe sumisión, y desde donde emana el poder al que debemos venerar. Este sistema, acentúa riqueza y pobreza hasta hacernos creer que lo que cada uno de nosotros tiene es lo que se merece y le corresponde, se las ingenia para que tantos inocentes sean vistos como culpables. Mientras, una minoría que se jacta de conocimiento (de ese saber, inútil e inconsciente), modifica y alterna y suplanta las leyes y los valores a su antojo, quedando, como individuos, igual de encerrados dentro de una inmensa y pegajosa y mortífera tela de araña a la que ellos mismos le van dando el visto bueno al alimentarla. Claramente evidenciándose, que el mismo sistema que han construido, por tan famélico e insaciable y despiadado, termina por engullirlos a ellos mismos, demostrándoles su insignificancia suplantable, su tan poco de importantes.

Ella espera;
atractiva,
desnuda:
El mantel,
muchos pies descalzos,
diálogos y sueños
junto a espaldas agradecidas.
La hierba
¡tapiz!
cabello y gozo.
Naturaleza que sabe
a placer, progreso y descanso;
equivale a un despertar
donde no caben visillos.
Ella exclama
«¡que viva el mañana!»
su verdor vocea contundente
resonando, vital, como futuro.
La hierba rejuvenece
salpicada por rojos, morados y amarillos.
Asimilando árboles y albores
augura tierra que, como vientre,
aguarda semillas.
Tierra que quiere añadirle a sus partes
decaídas y antiguas,
savias anotaciones
que contengan salvas a la esperanza.
Ella: Hierba (Tierra).
Tras magníficos estruendos
y zig-zags lumínicos
oye los pasos
oye las risas
de tantas buenas gotas de lluvia
e, imparable, crece y crece
al mismo tiempo que conversa.

318-omu G.S. (bcn. 2016)

Quiero…

Quiero tener una empresa privada a la cual, cuándo hierre en la gestión o le fallen sus inversiones, le concedan préstamos con pocas exigencias y adheridos al retorno dudoso. (Así, sabiendo de tales condiciones, yo mismo me atrevería a ir al casino e intentar que saltase la banca).

Quiero ser directivo dentro de un comite bancario, argumentando los números, según me conviniera para, deshaciéndome de demandas y requisitos, aumentar las ganancias empresariales de los que represento a la vez que le sumo ceros a la cuenta personal de cada uno de mis años. O quiero ser político que, ya abandonado su cargo, se convierte en asesor de multinacionales con el derecho a cobrar por lo que es y por lo que fue; aunque la crisis ahoge, hasta someter a las peores penurias, a tantos ciudadanos que se esfuerzan, mal remunerados, o a esos otros, más débiles, ya cansados, que perdieron la salud en sus correspondientes puestos de trabajo.

Quedo siendo un obrero a quien le cuesta llegar a fin de mes. Al cual extorsionan, con la sombra del paro, para que no se rebele y admita, como salario, un importe miserable que no le permite asumir los gastos indispensables. Trabajador que cumple la ley; paga sus impuestos y cotiza sin falta, que para su mañana desconoce si le corresponderá cobrar una pensión o tendrá derecho cuando precise de asistencia sanitaria. (Aun cobrando sueldos de pena, poco a poco nos empujan y casi exigen que nos proveamos nosotros mismos de recursos para afrontar nuestra vejez —ya me dirán como gestionar para que no sea nulo mi ahorro—).

Quiero que cualquiera de los dirigentes electos cumpla su palabra, procure por el interés de los ciudadanos y no hurte ni engañe, que mantenga su corazón bien despierto y los pantalones agarrados en su cintura y nunca por debajo de sus nalgas.

Quiero honestidad y que marche la desvergüenza. ¿Todavía se puede pedir aquello que uno quiere?. Afrontamos nuevas formas de esclavitud; Una entidad conformada por rostros invisibles y nombres desconocidos nos somete sin precisar de violencia ni grilletes. Provocan la desunión suministrándonos grandes dosis de diferencias que nos apartan a los unos de los otros. Se abastecen de nuestros miedos para que perdamos una lógica constructora y hasta la memoria que, sustentando a la razón, delata la irresponsabilidad e incoherencias de una civilización nuestra que estipula su paso adelante en un sistema deplorable que se prorroga gratuitamente y permitimos.

Antesala de beneficios

La enfermedad se pondrá todavía más de moda en occidente. Los síntomas son evidentes; la sanidad pública reduce considerablemente los servicios que nos ofrece, mientras la privada gana adeptos y añade más ceros positivos sobre sus números.
Los ciudadanos padecemos de los gastos inevitables que representan las pruebas médicas que precisamos de realizar cuando comprobamos que las citas para las mismas se alargan en el tiempo. Nos hacen reparar que en los pasillos de urgencias de los hospitales, nos esperan, por días, unos tantos doloridos entre otros tantos moribundos.
La enfermedad interesa tanto que no se preocupan en curarnos aquellas dolencias que podrían perfectamente sanar, prefieren cronificarlas. Los ministerios correspondientes permiten conservantes, colorantes y demás sustancias nocivas en el apartado cosmético y alimentario. Permiten y potencian, a sabiendas (ya que hay estudios contrastados, a nivel internacional, acerca de la aportación nefasta de dichas sustancias), la enfermedad, pues las empresas de los sectores correspondientes, contribuyen, mediante los impuestos, a darles mayores beneficios que lo que como administradores de un estado barajan gastarse en sanidad.
Se oye decir que un sinfín de políticos, a nombre de otros, están desde hace ya un buen tiempo invirtiendo en mutuas sanitarias privadas y entidades que gestionan planes de capitalización y pensiones extras.¡Cómo dudar entonces, hacia que lado les interesa inclinar la balanza!.

División de sangre

Algo hemos hecho mal para encontrarnos donde nos encontramos. Estipulamos y proseguimos dando como buenos los métodos imperialistas. Nos viene bien aprovechar a las gentes y la riqueza de cualquier tierra lejana que para nada nos corresponde; potenciar los derechos del amo y exijirle el máximo rendimiento a los que hicimos esclavos.
Ahora nos quejamos (mínimo el arrepentimiento), porque la moneda con la que nos pagan de vuelta lleva estampada la cara de la tragedia.
Noventa millones de seres supieron en América, siglos atrás, acerca de enfermedades, para ellos, desconocidas, que los demolieron, y sobre atrocidades innumerables amparadas por coronas y ciencias y cruces. Así, otros tantos en el continente africano, fueron tratados peor que animales y otros tantos en Oceanía y Asia. De que extrañarnos de los sucesos de hoy, siglo XXI, en Europa: Inmigración. Atentados. E incluso estos problemas económico-laborales que acucian a buena parte de nuestra sociedad, problemas que están y se mantienen debido a las decisiones erróneas y a las que devienen de la sumisión, debido a las fallas que arrastra el sistema elegido, el cual convendría fuera corregido o apartado.
¡Sí!, el imperialismo citado vive todavía, aunque disimule adoptando otras maneras (aduce liberación, conceder derechos a los desfavorecidos), busca razones, se posiciona, invade y argumenta debatiéndose con la autojustificación. La realidad queda siendo la adquisición de mayor poder, el control de más población y territorios. Somos sabedores, los ciudadanos de occidente, que la realidad es muy distinta a la que nos venden nuestros mandatarios; conocemos, perfectamente, el movimiento económico que representan las guerras: producción y venta de armas mediante personajes que, lejos de ejecutar por separado, son lacayos de sus respectivos gobiernos. Las guerras, ya una vez extintas, convienen en que se vuelva a levantar lo mucho de derruido, demandan el trajín constructor, y , en la remodelación, se habilitan los pactos que se contrataron en pos de la salida del abismo en que los territorios han caído. Este sistema denota inmadurez y raya la verdadera locura, solamente reclama esclavitud para muchos y abastecer de beneficios a unos pocos. A este sistema le conviene, conjura al terror y la muerte entre lenguaje sagaz e hipocresía sarcástica. Y la religión sirve y sirvió, prosigue como estandarte y escudo y arma; consintiendo fechorías, diciendo (cuando habla), pero con palabras comedidas, con voz baja, muy baja. Y toda religión acoge un buen montón de farsantes a cuales les agrada la buena vida y ambicionan autosatisfacerse, indistintamente de su símbolo u orden o profeta. Y la religión atropella su propia esencia al acoger gurús que dando su espalda a los débiles, ante el dolor… disimulan y hasta sonríen.
Creo que hay grandeza en nuestra especie, pero es por tantas barbaridades que hacemos o consentimos que siento verdadera vergüenza de mi condición de hombre; prima más, como solución y respuesta, el egoísmo, que cultivar nuestro jardín hasta que aparezcamos completamente todos dentro del edén, resaltando la cantidad impresionante de de buenos frutos y mejores simientes dispuestas en este planeta.
Hay que ser honestos y recuperar un mínimo de nobleza y dignidad; debemos reconocer hasta donde llega la sangre que llevamos y la que esparcimos. Debemos escuchar la necesidad de cada hermano (la despensa está a rebosar por mucho que «vacía» nos dijeran —aunque conviene medir la usanza—). Debemos atrevernos, oír con el corazón y apartarnos del ser fraticida; ofrecer protección y ayuda. Compartir. Contrastar y asimilar culturas. Compartir enseñanzas y fusionarnos. Instruirnos los unos a los otros, sin altivez ni menosprecio ¡todos poseemos alguna varita mágica!.
No es utópico un mundo pacífico, si es que los seres humanos adquirimos una actitud empática frente a cualquiera de los hechos que suceden a nuestro alrededor. Sería de sabios corregir maneras y defectos ya desde nuestro minúsculo micromundo. Sería de sabios optar por la bondad labriega y dejarnos de aparecer como la peor pesadilla, la peor de entre todas las bestias que habitan este planeta.