Donde el espacio se pierde, los tiempos se unen y los cuerpos se difuminan hasta encontrar mayor verdad. Como tú, la flor, como él, la abeja, como nosotros, panal; así miel por ciudades, por caminos, por senderos y pueblos.
Y hasta las montañas se arrugan para besar al mar de donde vinieron y cual las espera, ese mar que recoge las mejores odas, pues reconoce que desde sus entrañas surgieron veleros y navegantes.
Ayer se me cayeron las hojas y renací. Tras el invierno austero aparecen novedosas fuerzas que le dan brillo a las estrellas, así luciendo, las constelaciones, como mapa que deletrea semillas, frutos y destinos divinos.
Ahora, el ayer me sabe a esa tarde que no auspicia cobijo: el ayer fue escuela, banco de prueba para el aprendizaje y también un enorme campo de batalla. El ayer indica como dedo firme sobre mar abierto, ya estuviera éste pacifico o embravecido; y de brújula nos sirven cada uno de los respiros si es que valorásemos al horizonte sosteniendo buenas dosis de nobleza en las interpretaciones. El ayer es pregonero que no olvida calle, avenida, pasaje ni puerta. Al ayer, si fuera digno, solamente le cabe darnos alas e incitarnos a avanzar.
Futuro ¡aquí estoy! sobre el hoy, con la obligación imperiosa de preparar un fantástico perfume, y de brindar por la vida hasta el último suspiro.