Sobre bancos y en jardines

ARBRES

(I)

Resido dentro de múltiples fechas.
Desleído por tantos anteriores espacios,
¡cómo no! me creo hijo del tiempo.

Habito descompuesto en pequeños fragmentos,
que son uvas reunidas en un solo racimo.

(II)

Mis primeros berridos rebotaron
contra altos edificios,
y así deambularon por calles estiradas,

qué bien ligándose, entrecruzadas,
aparecían, (vistas desde arriba),
como inmensos crucigramas.


…y pasaron las décadas...

Suerte tuve de ver
el suelo de estas calles;
hecho de piedras, con polvo de tierra.
Estas calles, hoy retornan,
se vuelcan siendo memoria.

Concediendo a mi mente;
enorme lucidez, grandes reflejos.
Son combustible y complemento ideal,
que al fusionarse con este presente,
(moderno e informático y virtual),
me regala una amplia y filosófica imaginación.
Me brinda el suficiente, procaz y virtuoso ingenio.

¡Afortunado soy!
Pude raspar mis rodillas de niño
sobre un lecho de vida,
cual tristemente ahora está sujeto
bajo el monótono y químico rostro
del grisáceo e insoportable asfalto.

(III)

Paseo por mi ciudad
y sé que algunos rincones
están exentos de caducidad.

…me llamaron y llaman,
perdura su insinuación.
La de la paz y voz de los jardines;

jardines apartados del ruido de motores,
ausentes de multitudes avasalladoras
y de la estridencia de los cláxones.

Dentro de ellos… resguardadas las hojas.
Hojas escritas por el oxígeno.
hojas, aciculares y escamosas,
hojas enteras, lobuladas y hendidas.
Los primeros dientes naturales
anteriores a la gran ciudad.

Doblado, el eucalipto
(por la fuerte ventisca
de hace muchos mayos).
Con firmeza solemne, el recio roble,
viejo, centenario.
Apoyo de la espalda,
gratificante ayuda en la lectura
cuando el buen clima acompaña al verano.


Dentro de los jardines y los parques,
los bancos con su madera repintada,
con su color roído. Con su verde pintura
muy descascarillada.

Bancos que, como yoguis meditan
esperando las pausas.
Los cigarrillos y las reflexiones.
El descanso infantil y las piernas cansadas.

Bancos que nos aguardan dentro de los jardines,
que no cambiaron, que son los mismos,
que se resisten a envejecer.

Bancos que me llaman, que me esperan
aferrados a la madera erguida de otros árboles.
(Sentado en ellos logro hallarme a mí mismo,
consigo unirme al resto).

(IV)

Imborrable es mi origen.
Son mostrados los pasares indelebles,
pero sus pesos resultan borrados.
Cuando, yo, como cualquier otro hombre,
caduco, de nuevo me deshago
con aquellos recuerdos todavía más íntimos.

318-omu G.S. (Bcn-2013)

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