Con buena vista, releo

NacerMorir[1]

Tras tanto oír hablar de elixires providenciales que rejuvenecen (y dícese por encontrar), acerca de pócimas mágicas que devuelven la vitalidad, sobre brujas malvadas cuales lanzan conjuros y de hadas bondadosas que rejuntan amantes y sanan de maleficios.

Tras conocer que también algunos gozan con la suerte de baños sangrientos y virginales para lavar sus pieles de arrugas y servirse de un ropaje inmaculadamente joven en su andadura, (aunque las vivencias igual les corroen sus entrañas como cualquier ratón hace con el queso).

Tras descubrir más de cien supuestas maneras, descritas en cuentos y leyendas, para prolongarnos en la carne así indultados de contemplar el peso de un calendario y el correspondiente chirrido estrepitoso del cuerpo cuando arriba a la vejez.

Tras tanto pedirle al universo que aquella parte muerta de mi vida alcanzara la resurrección. De suplicarle a cada amanecer que redoblara su luz y tomara cuerpo, esa, la mitad cual quedaba en aquella hora como ilusorio, sujeta a una envoltura ingrávida; como al justo punto de una ensoñación; asentada en la invisibilidad.

Tras tanto rogar que fueran desahuciadas las horas de manos quietas y despertara mi lengua dormida.

Tras ser un naufrago en mitad de un mar de asfalto que en su deriva recopiló el saber y la imaginación de tantos otros; llego a la conclusión que, los tuyos treinta años son; baño, pócima y elixir: renovación.

Un grato soplo que refresca mis mejores sentimientos y cierra las puertas de mi destierro.

Una imprenta de cordura moldeada con la justa locura que acalla terribles chillidos y derrite colores sobre mis oscuros pensamientos.

Una resta hecha sobre mis años que retirando el moho terrenal de los espejos vence a la enfermedad y vuelve amnésicas a las arrugas.

Aquel movimiento que, con el vaivén adecuado, fricciona hasta partir a la tristeza y embiste hasta arroyar a la fatiga y a la pesadumbre.

Una sonrisa sincera que, recordándome las fórmulas para construir, relata cuántas cosas quedan todavía por hacer y me incita al avance.

El guiño cómplice o la inocente travesura que rescata mis sueños de niño y, como experto mecánico, repara desvencijados deseos.

 

Entre tú y yo… sólo cabe un brote nuevo.

 

318-omu G.S. (Bcn-2013)

 

 

 

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