Hiel

Tan dulce como aquella hiel que surge
inesperadamente intempestiva… y sinuosa recorre.

Hiel amarga que mancha o emborrona,
tornando indefinidas y confusas,
las pinceladas nítidas que abundaban
y el compás descrito por las notas
o las letras que, ya antes,
fueron por la sensibilidad escritas.

Hiel que inunda los espacios vitales
y corrompe y agota el oxígeno
derrocando al esplendor.
La que rellena las esferas con los peores sortilegios
-de azufre y malditos-
esos que marchan sujetos a los más nefastos augurios.

( y el verdor se suma al deje rancio
dando paso al son decrépito
que aúlla fuerte incrustando
su impronta agria, su sabor a marchito…

y las hojas que pendían danzantes e intuitivas
prueban el ocaso interminable, catan la deriva,
porque ya fue convertido su tono esperanzador
en ocres y cobrizos; en marrones depresivos
que levitan y planean envueltos
de una apariencia opaca –medio funesta-
hojas que, desterradas del árbol y caídas,
muerden el polvo e intuyen su ser de ahora
como un ser que poco predijo
que padece los sofocos y la desgana de la ausencia.)

¡Hiel! -penetrante-
que recubre de humo espeso y gomina la luz
batiendo -falta de orden-
las vísceras, el cuerpo y la razón
junto a lo invisible y lo furtivo.
Que reporta inhalar el desespero,
apurar -sin destensarse ni una pizca los nervios-
hasta el desagradable filtro de cien cigarrillos.

Hiel que obliga a dar vueltas y vueltas en la cama.
Que rasga la voz que estuvo clara
inundándola de gritos silenciosos y de llanto,
mientras sorprende a la paz
en calzoncillos o en pijama y la araña.
Que a la calma la maltrata,
violentamente la azota,
insistentemente la sacude
¡la viola!

¡Hiel! nada indulgente -perversa-
cual brota desde una esencia ancestral
irreconocible pero desnuda
que casi olvidada se mantuvo
¡animalesca!
o, desde una mente que aun sosteniendo
una ínfima porción de raciocinio
perdió su brújula, no tiene norte e intoxica;
actos, opiniones y respuestas.

Hiel invasiva,
que no ceja de oprimir nuestros pulmones
y retorcer
y paralizar riñones e intestinos
… y crispar la piel al arrebatarnos sentimientos
… y reventar nuestros adentros más recónditos
al traspasar como una lanza
y acuchillar como una daga
prestándose a ser un filo bien templado
que nos somete al martirio.

Dándole trabajo al hígado.
Golpeando, incesante,
-como haría una baqueta sobre el tambor
o en derrumbe de pared, una gran maza-
nuestro corazón…
hasta dejarlo inservible,
acurrucado y diminuto; sin latidos.

318-omu G.S. (bcn. 2014)

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