El péndulo conoce sus límites,
sabe donde sus movimientos deben llegar.
Repudia los presagios
y se abstiene de pronósticos.
Se balancea, inexorable, combando las rectas.
Entre cantos de sirena
y tridentes e ideas y martillos
¡una civilización!
optando por creer
que su mente es sabia
y sus manos son diestras como para levantar
figuras duraderas.
Hasta alega que su hacer es artístico
mediando abominación.
Una civilización privilegiada
pero adicta a los desacuerdos,
que rehusando la cordura simbiótica
proyecta borrones y reparte manchas
sobre el suelo y su futuro.
El péndulo persiste.
Soporta la gravedad y los gases,
quimioterapias y oxígeno,
orfandad, nacimientos y contiendas;
es movido por multitud de geometrías
configuradas por soles
— algunos, venerados, y los mismos, catastróficos —
y astros y estrellas, cotidianas e ignífugas
que descifran la extensión de la vida.
El péndulo: Metrónomo.
Recolector de centurias insospechables,
El péndulo nunca se asusta
mientras saborea los vaivenes.
El péndulo:
Ajeno al apunte y a los registros
alejado de la sentencia que es la memoria
confía en el acierto natural.
318-omu G.S (bcn. 2015)








