Rematadamente duros

rematadamente duros Crustáceos adornadamente coronados, siendo reyes con territorio, capitulando de mostrar su naturaleza más corriente y mundana; ventosidades, eruptos, pelos sucios por casposos o grasos, gestos considerados como groseros, no pudiendo rascarse el culo o la nariz cuándo les pica; todo son formalidades en su mundo, mandan las apariencias.
No les resulta posible presentar al hombre o a la mujer que vive tras el duro aislante que representa el caparazón que han aceptado o que les ha sido impuesto. Contactos y ambientes restringidos, es lo único que les espera, siempre al margen de nosotros, los de a pie.
No vale cederle un bostezo al público, aunque estén somnolientos en conferencia episcopal o política. Les queda lejos la subida en el precio de una barra de pan o de un litro de leche. Las arcas de un estado les asigna buena paga, más lo consabido y añadido que les cae por la trastienda: las más ventajosas informaciones, bursatiles, inmobiliarias y financieras, que con garantía absoluta y sin temor a perdida, les incrementa, con excelente tapadera, sus protegidos y encubiertos beneficios. Es así como viven… viven bien, pero que muy bien.
Sabanas de satén, impregnadas de sudor humano, como de cualquiera, están pegadas y se acartonan sobre una verdad tejida a razón de farsas que les darán un estado febril y acabarán por enfermarlos. La vejez de la carne también se posa sobre ellos, de nada les sirve en la ducha o frente a aquella intimidad que delata las mentiras, su corona o rango con galones.
Cuadros enmarcados, vistiendo la imagen de la prosperidad pasada que obtenía concesiones por establecerse como intocable realeza. Tras sus ojos pintados, la obligación; la compostura estricta, las respuestas rígidas y ordenadas sin atisbo alguno de espontaneidad. Reverencias pasajeras e hipócritas dándose cita dentro de un palacio. La verdad más simple y cotidiana de una mayoría queda lejos  de su uniforme y circunstancias.
Tras su fachada, rematadamente estipulada, no por la corte, ni por el populacho, ni por militares, ni por el senado, sí por sus mismas generaciones anteriores, ellos andan encadenados a una estirpe de joyas y tronos que les minimiza y aparta de la fortuna del conocimiento máximo.
Solos. Preocupados, cabezonamente, en suplantar al que ocupo su mismo cargo antes que ellos. Preocupados en conseguir un exito mayor; los reconocimientos fundamentados en el cinismo cretino del reinar.
Agenda colapsada. Marchan a lucir su palmito, van para el África, Asia o alguna parte de la América latina, pasean por el tercer mundo como si fueran salvadores. Van allá donde los hay, de inocentes, muriendo en la calle sin medicinas y sin hospitales, donde las vidas parece que no tienen precio por no valer nada. Saludan hipócritamente a esas gentes que utilizan y de alguna manera les sirven, esas que no disponen de lo indispensable pero que esbozan por cualquier cosa una sonrisa. Esos a los que nada les resulta fácil, que ni para comer ni beber tienen. Esos mismos a los que occidente les regala grandes pedacitos de toxicidad y de miseria. Esos que se prestan a la foto que al mandatario le interesa, a la hora de salir, como benefactor, en la televisión o las portadas; viene bien posar mientras se combinan la indecencia que se les regala con unas cuantas sonrisas inocentes.
Esculpen una falsa muestra de generosidad y de bondad, pero, eso sí, a las 12… ellos bien puestos, con sus trajecitos de clase y con firma contrastada, piezas regaladas que no pagadas, ellos, acudiendo a la opulencia de reuniones y banquetes ¡lejos del pueblo!. Colapsan sus intestinos de tanto engullir, disponen de lo mejorcito de aquí y allá. Al día siguiente, las noticias resaltan la compasión y empatía de los reinantes, no el contenido ilusorio y la realidad banal que realmente ha acontecido; se hace gala de una ficción, se escribe hipocresía con letras mayúsculas.
Mayormente quedan para los libros de historia, los nombres fechados con siglos; cuatro apuntes simplísimos sobre estos y esos que han reinado. Coronas y laureles. Generales y tenientes. Confidentes engañosos, que saben bien disimular cada farsa y cada engaño, seres clasificados que se encuentran afincados dentro de un durísimo escondite, su caparazón.
No son caracoles ni caracolas, ni escorpiones, ni cangrejos. No conocen acerca de la verdad primordial y humana, por no saber no saben ni quien son ellos.
                                
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