MUDEZ

Por la teatral expresión del arte mímico, asoma por el lateral del telón, sólo una cabeza tiznada de blanco, que se asemeja a aquel mismo papel virgen que espera a los colores o a la tinta, al dibujo o a la escritura, papel que se ofrece para servirnos como base del mensaje.

La cabeza y el rostro; rayados, coloreados llamativamente, serán el buque insignia de las tantas emociones que conllevamos los hombres, se presentan pintados como lenguaje añadido al de los gestos, son cómplices del arte visual mostrado, dentro del teatro y para disfrute de los espectadores.
Así es como esas expresiones consiguen adquirir un toque especial de relevancia; mediante los trazos adecuadamente pintados dados con intensos colores que acentuarán la labor mímica del artista, rematándose con suma eficacia cada una de las emociones que pretenda transmitir. Y aumentando las posibilidades expresivas que sin decorar, por si mismo, el artista, debido a sus dotes técnicas que devienen como acertados movimientos faciales, ya tiene. Un añadido esencial que suma, impregnando de aguda viveza el hacer escénico.
Rojos, amarillos, azules, verdes, naranjas y negros, aumentando el poder de cada expresión, reflejando un estado de ánimo, comunicando con nitidez.
Un pie y luego otro pie asoman en la tarima del escenario… Una pierna aparece entera y el artista toma el suficiente impulso para dar un enorme brinco y situarse en el centro del redondo escenario. Se presenta sin apenas preámbulos; hace girar su cabeza de manera circular y seguidamente sobre cada una de las direcciones, de los puntos imaginarios alcanzables, (si es que algo él lanzara, seguro que acertaría).
La mueve rápida y repitiendo, en ese desenfrenado movimiento rítmico y circular, recorre los trescientos sesenta grados posibles, en un giro total que podría apreciarse como mecánico. Giro que invita a aposentarse sobre el descanso hipnótico, o a dormitar presos de un delicioso onirismo o incluso a la caída en el más profundo de los abismos. Todo sucede así hasta que con la rotundidad de un golpe seco que propicia la parada de su cabeza, pulsa el botón virtual y nos concede una pausa; con autoridad detiene el desenfrenado balanceo.
Ahora es, cuando su representación evidencia una inquebrantable seriedad; mostrándose su cabeza como esculpida sobre la pétrea columna armada que es su cuerpo, siendo su imponente capitel y claro símbolo que delata un estado. 
Abre sus ojos dejando a sus cristales esféricos simulando que van a estallar; en su máximo abiertos. Si fueron persianas parpadeantes, ya ningún atisbo de ellas quedan, resultan rotas y arriba.
Sus ojosn tanto reciben como ofrecen toda la luz que son posibles de brindar. Sus pupilas brillando, recuerdan dos espejos con inmenso volumen. No parpadea, ni respira, parece tan inanomivle que da la sensación que ni está presente.
Decorado con una indumentaria vistosa por ornamentada, con hilados que contrastan, el artista por momentos se asemeja a una estatua rígida e inerte; retando a los espectadores a que se acerquen con sigilo. Por provocar la duda entre si es lo contemplado una realidad mortal, o ensoñación y fantasía, es por ello que más nos sorprende. Parece esperar mientras nos llama para ir a tocarla.
Como fondo ambiental resuenan las cuerdas y los vientos instrumentales. Las percusiones se oyen con el repiqueteo de las baquetas sobre los tambores. Laudes y flautas y platillos también suenan, complementando la obra, realzando los pasajes que él nos ofrece contados con su gracia gesticular. 
Frunce el ceño o levanta en arco sus pestañas; asombro o desinteres. Tensa su piel o la arruga; juventud o vejez, tranquilidad o desasosiego. Las comisuras de sus labios bien distantes o casi tocándose; reflejando una gran alegría o la disconformidad y el enfado.
Transmite sin emitir palabra alguna, pero se le otorgó el don y oficio de disponer, de una capacidad expresiva a cual le basta con sus gestos, y con esto y no más es capaz de contarnos y hacer entender grandes historias.
Por el tradicional hacer milenario, este personaje prosigue comunicando sin palabras aquello que sucede en su entorno. Confiesa, sobre las desdichas que oprimen a un pueblo, la labor humana y el empeño, o nos deleita con la ternura de ese amor que nos manda un millar de besos.
                         destroyer

¡ viva la comunicación !

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