Pequeñas estaciones

MundoMariposa

 

Hay días en que mis huesos golpetean y chirrían por gastados,

vocean faltos de lubricaje. Vocean; como aquel viejo pregonero

que canta las noticias en la plaza del pueblo.

 

… y las piernas flojean,

porque de a poco cedieron al rumor de las décadas,

al peso inevitable de los años.

Las piernas se amaneran temblorosas,

y resopla como un eco

la decadencia hecha cojera.

 

Algunos días aparecen bendecidos,

asoman en mi vida con las manos llenas.

Generosos, sacan de su zurrón,

estrellas fugaces que, cuando pasaron,

glotonas se zamparon tantos de mis deseos…

deseos que han estado pendientes hasta el día de hoy.

 

Y hoy, debido a esta mágica naturaleza,

que imparte justicia más allá de la razón de los hombres,

(al ser magia, desentendida de toda lógica),

aquellos antiguos deseos, toman cuerpo,

se acomodan en cada esquina de mi presente.

Hoy, afortunado soy.

 

Hay días que se prestan bien bendecidos,

que bondadosos me regalan insuplantables reliquias,

y así paso, de sentirme pobre,

solitario, perdidamente ignorado y alicaído,

a bordar una colcha de cálida riqueza,

hermanado con muchos y variados hilos.

 

Otros días arrecian; desnivelados,

con enormes cuestas.

Aventurándose como insufribles jornadas,

me azotan con vara,

con la resistencia del bambú

dejan su impronta; cicatrices que delatan.

 

Existen días que azotan mi empuje

hasta llevarlo a un asiento depresivo.

Que sacuden mis fuerzas hasta acorralar al pensar;

y cortándole su agilidad lo dejan inservible.

 

Hay días que me flagelan, crueles.

Hay días que de nadie se apiadan.

De un golpe giran los caminos,

tuercen la mejor de todas las suertes,

vuelven de espalda lo que andaba de cara.

 

Hay días que parecen propuestos a noquear

al sano equilibrio que me respalda.

Algunos días son relámpagos que en mi impactan,

quemando, cortocircuitan a las ilusiones,

y al afán que tuve de esfuerzo lo doblegan,

enterrando bajo diez mil pies a las ganas.

 

Sucede que, algunos días,

los árboles carecen de flores…

y es primavera.

Algunos días, la primavera

azuza hasta someter a mi temple,

y mis emociones; esclavizadas,

son apresadas por la confusión,

cual deviene siendo mazmorra.

 

Algunos días… la primavera se torna irrespetuosa y tirana.

El florecimiento resulta grisácea penumbra,

no colorea su ofrenda cuando avanza,

me turba cuando se impone.

 

Su ansia de renacimiento atropella

a la serenidad que me amparaba.

La primavera acarrea una incontrolable alternancia,

hecha de luminosos triunfos

combinados con pequeñas debacles.

 

Si por leyes humanas, la primavera fuera juzgada,

en tela de juicio quedaría

su impetuoso hacer saltimbanqui.

Sería creída locura de manicomio,

su fogosidad preciada.

 

318-omu G.S. (Bcn-2013)

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