Camaleónico aliento

Geranis

(I)

Y aparcado en este solitario vagón

aguardo la llegada de un revitalizante verano;

alcanzo el alivio,

en un peldaño a la esperanza, y…

espero…

 

Y acompañado de un único instrumento

raspo las cuerdas de mi violín, y…

espero…

 

A una voz que quiera darme,

aunar al mío, su sonido,

para así formar un lindo dueto.

 

No me sirven los recuerdos.

Resultan en algunas ocasiones:

sólo pasado son recuerdos.

Hay tantos de ingratos, de torpes e inhóspitos,

sabiendo inclusive peor,

que los indeseables e inútiles silencios.

(II)

 

Un “NO” a cualquier tipo de maltrato.

Un “NO” a ninguna humillación.

Abogo por el entente y la bondad en el trato.

Respaldo el diálogo beneficioso y productivo

que siempre resguarda el máximo respeto

rechazando al mal de los rencores.

Respaldo a la comunicación que amamanta,

(tantas veces acogida por relojes,

por las aspas y segundos de algún tiempo),

a la comprensión que contrae casorio

con el más sincero perdón.

 

Y ante las aptitudes o hechos

que desdigan lo arriba expuesto:

telón corrido o telón bajado,

sea como fuera… telón cerrado.

 

Telón que separa con tela

(gruesos y rudos tejidos son tantas veces los pensamientos).

Hay veces que es tan recia la tela,

que se asemeja a un muro,

a un muro duro y terco, duro y seco.

 

El público a un lado, y al otro…

un escenario ya plegado, y yo como actor.

Y queda el silencio.

Y el silencio habla,

se sumerge invadiendo el ambiente con su hábito de callado,

se reparte por los objetos y se sienta en las butacas.

El silencio cubre la platea, el gallinero y los anfiteatros.

El silencio tiene un peso tan denso

que acalla la voz de los futuros contenidos,

y hasta al mismísimo compacto e invisible espacio.

 

No caben en esta hora ni los aplausos ni los alabos.

Confieso que me apena enormemente saborear

el fin de la escenificación,

el término de una obra.

(III)

El juego terrenal y de parejas; no se acomoda,

suele desentenderse de la esclavitud de lo eterno.

Pero, aún adivinándolo y sabiéndolo;

duele decir adiós,

(como duele inmensamente llorar

en un futuro próximo por antiguos pasados),

aunque tras este adiós amaneciera otro-¡hola!.

318-omu G.S. (Bcn-2013)

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