Hay épocas en que son desbancados los límites que uno puede soportar.
Hay épocas en que nos vemos obligados irremediablemente a catar la derrota, al sentirnos superados por una verdad detestable que se aferra con uñas y dientes a este sistema y a la sociedad de los hombres.
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Decepcionado -por sentir que tantas veces ha sido vendida la confianza que en otros deposité.
Decepcionado por traicionado.
Decepcionado. Hasta el punto de tirar macetas al aire en mi propia terraza esperando que me rompan la crisma. O hacerme el «harakiri», sacando filo a la punta del palo de madera de una escoba, por sí tal pasar de tiempo de desgracia se debiera a que soy un poético y despótico vampiro.
Decepcionado. No quiero ser guerrero y me considero expuesto a un sinfín de lanzas y piedras y cuchillos y dardos envenenados, aun a expensas de llevar el corazón sobre mi mano abierta y mostrarme tan humanamente imperfecto como desnudo. Sigue leyendo










